Balance RÍO+20

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Balance RÍO+20 La hora de la acción en red

Río de Janeiro. Playa de Ipanema, Junio 2012. Foto: Frederic Ximeno

Publicado en la revista digitalInspira de la Fundación Roger Torné septiembre 2012

En el año 1972 en Estocolmo, las Naciones Unidas establecieron que el derecho a un medio ambiente digno es un principio básico de la organización. Se creó el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). La crisis del petróleo y una guerra fría de la que aún no se vislumbraba el final, no ayudaron a impulsar los innovadores planteamientos de aquella cumbre. Pero un grupo de gente se puso a trabajar, a pensar, a recoger y a mostrar las evidencias de la relación entre el medio ambiente y la salud, la economía, el desarrollo y la equidad.

En 1992 la segunda Cumbre de la Tierra en Río tomaba un carácter muy diferente. El Muro de Berlín ha caído, Estados Unidos y la Unión Europea (UE) se sienten fuertes. Se impulsa una carta de principios y se firman las convenciones para hacer frente a tres problemas globales: el cambio climático, la biodiversidad y la desertificación. Se intenta promover un nuevo plan de acción, la Agenda 21, y se pone el foco en los bosques. No se concreta mucho, pero se inician espacios de trabajo y de movilización de recursos económicos.

Tirando del hilo de Río, los gobiernos locales, sobre todo en Europa, ordenan sus políticas ambientales. La UE crea un extenso corpus jurídico en la materia. Una joven y ambiciosa ministra de Medio Ambiente, Angela Merkel, impulsa el Protocolo de Kyoto, insuficiente pero primer paso concertado internacionalmente para hacer frente al cambio climático. En cuanto a la biodiversidad, hemos tenido que esperar hasta el año pasado, pero tenemos el Protocolo de Nagoya.

En 2012 el mundo ha cambiado. Europa, motor de la incorporación del medio ambiente en la lógica económica, está en la UCI. Los Estados Unidos ya no ven su supremacía como el orden natural de las cosas. Los países emergentes, liderados por China, tienen expectativas que no quieren ver condicionadas. La globalización de la economía ha puesto a los estados a la defensiva. Mientras tanto, las organizaciones multilaterales (ONU, Banco Mundial, Comisión Europea…) impulsan un vínculo mayor de economía y medio ambiente, y conectan con un sector creciente de la sociedad civil (50.000 personas asistieron a Río+20), gobiernos locales y subestatales, empresas, sindicatos…

En Río+20 se propusieron dos temas centrales: la economía verde y una gobernanza global para el medio ambiente. También se pusieron otras cuestiones ambientales sobre la mesa: empleo verde, acceso universal a energía más eficiente y más limpia, ciudades sostenibles, seguridad alimentaria, acceso al agua y gestión sostenible de los océanos.

Río de Janeiro. Junio 2012. Foto: Frederic Ximeno

Finalmente, en Río en 2012 se ha acabado firmando un acuerdo débil. La declaración de Río+20, “El futuro que queremos” es un documento de 283 párrafos en que sale 147 veces el verbo reconocer, 49alentar, 35 urgir y 33 entender. Por suerte, también se usa 59 veces el verbo reafirmar (nada de lo que está en marcha se detiene). La acción decomprometerse ya es más escasa, 24 ocasiones. Y resolver, lo que se entiende por tomar decisiones, 16 veces.

Son pocos compromisos dada la situación crítica de muchos vectores ambientales, la necesidad urgente de erradicar la pobreza, la inequidad de género, la creciente crisis de acceso a los recursos, o las externalidades ambientales del modelo energético y de consumo. Una nueva muestra de la falta de liderazgo de los estados. La fotografía de Copenhague (nunca hecha pública, me parece) y la de Río+20 se convertirán en un excelente recordatorio de los rostros de los que fueron incapaces de asumir los retos del siglo, los que afectan a la salud, la supervivencia y la dignidad.

La declaración de Río+20 deja sólo una letra pequeña realmente interesante para estirar: la definición para el 2015 de objetivos específicos de desarrollo sostenible que, con la revisión de los Objetivos del Milenio, deberán ser aprobados por la 67ª Asamblea General.

En el encuentro abierto del consejo ejecutivo de las Naciones Unidas, con todos los secretarios ejecutivos y directores de agencias y programas, incluido el director del levemente reforzado Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA), están muy convencidos de estirar este hilo. Las ONG han anunciado que plantearán objetivos ambiciosos y movilizaciones. Los gobiernos locales y subestatales lo harán trabajando en red. Las empresas también ven que esto no va, porque sus clientes son los ciudadanos. Se han organizado y se ven reconocidas en el documento, así como la idea de una economía verde equitativa y sostenible.

La corriente profunda a nivel local, subnacional y social está consolidada, por ello salen tantas veces citados en la declaración. Junto a las negociaciones oficiales, farragosas y prudentes, el Consejo Internacional de Gobiernos Locales lanza una iniciativa muy ambiciosa para impulsar las ciudades resilientes y eficientes. Lo hizo también el C-40, una asociación de grandes ciudades presidida por el alcalde de Nueva York. Los partenariados público-privados exploran vías para desarrollar proyectos (la Carbon War Room, un centro de inversiones para proyectos para hacer frente al cambio climático impulsado por Richard Branson) ha firmado acuerdos con emprendedores por valor de 1.000 millones de dólares, los gobiernos subnacionales acuerdan actuaciones con el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). Y así cientos de ejemplos.

El presidente de Corea del Sur dijo en el plenario que el acuerdo era débil, pero no afectaba a la decisión de su modelo de desarrollo basado en la economía verde y de bajas emisiones de carbono. Muchos de los que han firmado el acuerdo de mínimos de Río+20 están dispuestos a ir más allá. La Unión Europea es uno. Río+20 no es una oportunidad perdida para la sostenibilidad (también inevitable, como dijo Hillary Clinton) sino para los líderes que estuvieron presentes. En Río+20 encontré, fuera del plenario, más determinación que decepción.

 

 

 

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